"Los vascos son estupendos; no cambiaría Bilbao ni loco"
Se marchó
de Marruecos en el
año
2000 y su primer destino fue Cádiz.
«Me invitaron a un festival de música
que hubo allí
y fui con el grupo que
tenía»,
explica. La experiencia de conocer un país
nuevo y ver «la Europa real» no le dejó
indiferente. Tras vivir en
Barcelona tres meses, Mustapha Agharban vino a Bilbao y, desde entonces, no se ha ido. Euskadi y su gente le han «enamorado».
Cuando el agua empieza a hervir, Mustapha apaga el fuego e introduce
hierbabuena en la tetera. «Vamos a ver qué tal me queda», dice humildemente, con tono de primerizo, mientras escoge un par de vasos de colores y deja la infusión
en reposo. La cocina de su casa huele a azúcar,
y eso que le ha puesto al té menos del que debería
llevar. «Es que intento cuidarme un poco», se excusa con una sonrisa señalándose
la tripa, aunque la 'curva de la felicidad', en su caso, tenga más
que ver con la alegría
que con los dulces.
Contento por recibir visita en su casa, Mustapha sirve el té en la mesa
del comedor y resume en pocas palabras cómo
es posible que un bereber termine viviendo entre vascos. «Cuando viajé de Marruecos a Cádiz,
vi la Europa real. La gente, la arquitectura y el paisaje eran distintos. Me gustó
tanto que decidí
quedarme un tiempo más.
Primero fui a Barcelona y a los pocos meses vine a Euskadi porque una de mis hermanas vivía
aquí,
en Ermua. Me enamoré del país,
pensé 'prohibido mirar atrás'
y me quedé», sintetiza. Aunque hay más.
Es hora de probar el té, que ya humea en los vasos. «¡Kontuz!
Está
caliente», advierte con naturalidad en una mezcla curiosa
de euskera y castellano. A Mustapha se le dan bien los idiomas, aunque él sostenga que todavía
le falta mucho para hablar con fluidez. Del tamazight -su lengua natal- y el
árabe
-la lengua oficial de Marruecos-, al español,
el euskera o el inglés, hay un paso. No obstante, ni el idioma, ni la procedencia o la cultura han sido obstáculos
insalvables en su proceso de integración.
El amor, aunque suene cursi, es el más
universal de los lenguajes.
«Un
flechazo»
No tenía
previsto enamorarse, pero Mustapha conoció
aquí
a su esposa, una mujer de origen alemán
que ya llevaba unos cuantos años
viviendo en la capital vizcaína.
«Nos conocimos en octubre del año
que llegué y fue un flechazo -confiesa-. Nos casamos casi enseguida». Muy lejos de los desencuentros -y de los países
natales de ambos-, él y su mujer encontraron que las diferencias culturales pueden ser muy divertidas y actuar como una fuente inagotable de riqueza.
«Tengo un carácter muy abierto y me gusta reírme de mí mismo y de algunos rasgos de mi cultura. El sentido del humor es muy sano y es necesario para hacer autocrítica», opina Mustapha, aunque es consciente de que «nadie está libre de tener prejuicios hacia los demás».
En lo personal, convivir con una alemana le ha dado -reconoce- un mayor sentido de la formalidad y la puntualidad. A su vez, ella es miembro de la agrupación musical de su marido, que intenta dar a conocer la tradición cultural bereber, de Marruecos y otras partes del mundo.
Aste Nagusia
distinta
Precisamente, durante las fiestas de Bilbao, Mustapha
impartirá
talleres de percusión
infantil todos los días
en Txikigunea. «La música
es un modo de expresar lo que uno siente, pero también es una forma de contar la cultura. La melodía
bereber es muy sencilla y llega con facilidad a todo el mundo. Lo bonito es cuando mezclas unos sonidos con otros, unos músicos
con otros. En la asociación
hay personas de muchos sitios distintos», explica.
Para él, la integración
es una vía
de doble sentido. «Cuando la gente emigra, muchas veces se queja de que no es bien recibida, pero se olvida de poner algo de su parte para favorecer la relación
con los demás.
Yo mantengo todo lo bueno de mi cultura, pero también aprendo de la alemana y de la vasca. La gente de aquí
es muy solidaria y abierta; y tanto mi esposa como yo
sentimos que esta es nuestra casa».
¿Y qué hay de Alhucema y
Stuttgart? «Hemos viajado al
país
del otro y hemos conocido a nuestras familias, pero los vascos son estupendos. Trabajan como en el norte, se divierten como en el sur y son buenos anfitriones. No cambiaría
Bilbao ni loco».
Laura
Caosi